Cuando el crimen se disfraza de empresario, todos pierden.

Empiezan a aparecer los “señuelos”... Primero atraen clientes con precios imposibles; luego, van destruyendo a la competencia, poco a poco suben precios, reducen calidad y al final deciden quién vende y bajo qué condiciones.

El resultado: mercados con dueño, no con reglas. El crimen no busca innovar ni crear valor sostenible; busca capturar flujos y lavar sus activos.

También busca controlar proveedores, imponer condiciones en las cadenas de suministro y convertir a los actores locales en dependientes.

Cuando la competencia honesta desaparece, el poder de mercado se convierte en capacidad de extorsión económica: contratos, rentas, precios de los insumos, entre otros.

El consumidor queda sin opciones; y la economía local, sin opciones de resurgir.

Hay que considerar también el daño institucional, pues estas empresas fachada y prestanombres van erosionando la confianza en el sistema financiero y fiscal.

La evasión de impuestos y el blanqueo de capitales van drenando recursos que deberían ser usados por el estado para salud, educación, seguridad entre otros.

En esta etapa la corrupción se vuelve más normal, porque las mismas ganancias ilícitas van encontrando puertas abiertas en funcionarios con incentivos muy débiles para investigar.

Aquí vuelve a la escena el Estado, pues no basta perseguir a los delincuentes, hay que seguir la pista del dinero, decomisando activos, encontrar quienes son los beneficiarios finales, cerrar vacíos legales y reforzar lo necesario para desactivar la rentabilidad de los negocios fachada.

¿Qué se necesita además? Políticas que protegan a las micro y pequeñas empresas, con créditos blandos, subsidios temporales, pero sobre todo medidas anti-dumping para neutralizar la competencia desleal por capital ilícito.

La sociedad, por su parte, debe retirarle la alfombra roja al dinero sin explicación.

No estamos hablando de una persecución mediática, sino de cultura cívica: exigir cuentas, apoyar denuncias y no legitimar ostentación injustificada.

De no cortar el vínculo entre dinero sucio y la economía formal, lo que parecía una “inversión” será lo que termine por liquidar al comerciante honesto.

El crimen no busca modernizar la economía; la busca secuestrar.